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A un mes del doble terremoto: el dilema de las familias desplazadas entre volver o empezar de cero en otras regiones

Más de un centenar de familias que perdieron sus hogares en el terremoto del 24 de junio en La Guaira y Caracas se refugiaron en estados como Lara, Zulia, Anzoátegui, Miranda y Portuguesa. Un mes después, enfrentan el trauma de regresar a la zona de la tragedia o la dura realidad de reconstruir su vida lejos de todo lo

Noticias Publicado 25 julio 2026 8 min de lectura Redacción Noticias Venezuela
Familias venezolanas desplazadas por el terremoto del 24 de junio en La Guaira viven en casas de familiares en el interior del país
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El doble terremoto del 24 de junio de 2026 no solo derribó edificios en el litoral central de Venezuela, sino que rompió por completo la vida de miles de familias. Al quedarse sin un techo donde dormir, muchas personas empacaron lo poco que les quedó y viajaron hacia el interior del país. Un mes después de la tragedia, estas familias desplazadas viven arrimadas en casas de parientes o en refugios prestados en los estados Lara, Zulia, Anzoátegui, Táchira, Miranda y Portuguesa. Allí enfrentan la dura realidad de arrancar desde cero, con la mente atrapada entre el miedo de regresar a la zona del desastre y el deseo de recuperar la vida que dejaron atrás.

El desplazamiento masivo hacia el interior del país

El movimiento telúrico del 24 de junio, que afectó con mayor fuerza a La Guaira y Caracas, dejó miles de viviendas inhabitables y obligó a cientos de familias a evacuar de emergencia. La mayoría no tuvo tiempo de llevar más que lo que llevaban puesto. En los días siguientes, muchas personas optaron por refugiarse en casas de familiares en otras regiones del país, lejos del litoral y del peligro de réplicas.

Eddy Mora relata que le tocó coordinar la mudanza de emergencia de 19 miembros de su familia la noche del 29 de junio. Antes de salir hacia Barquisimeto, estado Lara, habían pasado varios días durmiendo en carpas dentro de una cancha deportiva habilitada por las autoridades. Al llegar a Barquisimeto, y para no colapsar un solo espacio, el grupo tuvo que dividirse en dos de forma temporal dentro de la vivienda de unas sobrinas. En el mismo lugar está Greisbel Zerpa, quien cuenta lo difícil que es manejar el trauma con los niños más pequeños. «Es fuerte porque son niños, son hiperactivos, les gusta jugar, salen a la calle y tienen miedo. No podemos escuchar una alarma, porque entran en pánico. Ellos no saben la magnitud ni la gravedad de las cosas, aunque sí que ocurrió un terremoto», dice Zerpa.

El impacto psicológico frena el regreso al litoral

Para un grupo importante de sobrevivientes, la idea de volver a pisar La Guaira causa terror. El impacto psicológico es tan fuerte que prefieren enfrentar lo que venga en otras regiones antes que revivir el terremoto. Karen Labrador, una mujer de 38 años que tenía 19 años viviendo en Catia La Mar, salió huyendo con sus cuatro hijos y su pareja al día siguiente del desastre, justo cuando los rumores de un tsunami asustaron a toda la comunidad. Su antiguo hogar quedaba en el sector El Retiro. «No me gustaría regresar a La Guaira. Después de un mes, mi cabeza igualito piensa como si fuera el primer día del terremoto», confiesa Karen desde Maracaibo, estado Zulia, donde ahora vive en la casa de su mamá junto a su hermana, su cuñado y sus hijos. Aunque agradece que todos sobrevivieron, le duele haber perdido amigos y vecinos durante la tragedia.

Sobrevivientes de múltiples desastres: la historia de Luisa Ortiz

La tragedia también revivió viejos dolores históricos, especialmente para quienes ya lo habían perdido todo en el deslave de Vargas de 1999. Luisa Ortiz, de 63 años, es una de las caras más duras de esta triple catástrofe: sobrevivió al deslave, a una vaguada posterior y ahora al desplome de su edificio OPP 25 en Tanaguarena. El 24 de junio, por ser feriado, Luisa no trabajó. Desde hace 20 años se desempeña como personal de mantenimiento de la Gobernación de La Guaira. Ese día estaba sola hablando por teléfono cuando el bloque colapsó. Su amiga, con quien conversaba, murió junto a su esposo en el acto. Luisa quedó tapiada y herida, pero logró abrir un hueco en el concreto para ver la luz y respirar hasta que tres niños de la comunidad la rescataron. En el mismo edificio vivían sus tres hijas y dos de sus nietos. Todos sobrevivieron, pero quedaron sin nada. Al día siguiente, sus sobrinos se la llevaron a Araure, estado Portuguesa, una zona donde el Gobierno reubicó a damnificados en 1999. Ahora, Luisa permanece en la vivienda de una sobrina, mientras acondicionan una vieja Casa de Gobierno que está sin luz, con la nevera dañada y las paredes peladas. Ella lo tiene claro: «No quiero nada en La Guaira. Si me quieren dar una casa, que sea aquí. Ya pasé tres desastres y este fue el último».

La lucha por reconstruir con recursos limitados

Para los desplazados que optaron por quedarse en el interior, la realidad económica es cuesta arriba. Yarmarilyn Liendo, de 21 años, estaba celebrando los tambores de San Juan en Caraballeda con su esposo y su bebé de un año cuando la tierra se sacudió, obligándolos a correr a la montaña a ciegas por el polvo. Su edificio, el OPP 20, quedó inhabitable y su puesto de perros calientes se destruyó. Lograron mudarse a Ocumare del Tuy, estado Miranda, en casa de su suegra. Actualmente, las paredes de esa vivienda cobijan a cuatro familias —dos que venían huyendo del sismo y dos que ya residían en el lugar—. Son 11 personas en total, entre ellas tres niños, conviviendo en un espacio muy limitado. Ni ella ni su esposo están trabajando; el puesto de comida rápida donde él laboraba en la costa ya volvió a abrir, pero la distancia y la falta de recursos para viajar hacen imposible que conserve el empleo. A pesar de las dificultades, el corazón de Yarmarilyn sigue en el litoral central. Su arraigo es mucho más fuerte que el miedo a las réplicas. «Sueño con volver a La Guaira, pero no sé cuándo podré hacerlo», dice.

El arraigo que vence al miedo: quienes sí quieren volver

No todos los desplazados han decidido quedarse en el interior. Para algunos, el vínculo con su tierra es mayor que el temor. José Romero, que se encuentra en Puerto La Cruz, estado Anzoátegui, describe que los nervios de su familia quedaron destrozados. «Ese recuerdo sigue vivo, muy latente, la familia está muy nerviosa», dice. Hoy agradece a Dios estar vivo junto con los suyos. «Lo material no importa, por lo menos no perdí a un familiar cercano, es lo único que agradezco a Dios. Yo quedé con miedo, pero eso se me quita, creo que volveré en algún momento a La Guaira. Esto deja una enseñanza, que uno tiene que ser más unido y ayudarse mutuamente, porque estos casos atacan a quien sea», destaca.

Francisco Quijada, trabajador de la aduana de La Guaira, migró a Carúpano, también en Anzoátegui. Cuenta cómo las escaleras de su edificio se partieron en dos por el movimiento telúrico y su hijo de 9 años cayó al vacío por el hueco hacia el piso inferior, salvándose de milagro. Hoy su mayor anhelo es ser independientes de nuevo y que los ayuden a quedarse en esta ciudad. Gerardo Morales, que huyó de Caraballeda a Anaco, en el mismo estado, recuerda el impacto de ver por la ventana cómo los edificios echaban humo y se caían en segundos mientras abrazaba a sus hijos. Él y su esposa María Jesús Salas, de 72 años, también son sobrevivientes del deslave de 1999. Hoy quieren alejarse del litoral para siempre.

Datos clave

Aspecto Detalle
Fecha del terremoto 24 de junio de 2026
Zonas más afectadas La Guaira y Caracas (litoral central)
Estados de refugio reportados Lara, Zulia, Anzoátegui, Táchira, Miranda, Portuguesa
Perfil de los desplazados Familias enteras, incluyendo niños y adultos mayores; varios ya habían perdido todo en el deslave de 1999

Por qué esto importa para la vida diaria en Venezuela

El desplazamiento interno masivo provocado por el terremoto no es solo una estadística de damnificados. Representa una crisis de vivienda, empleo y salud mental que afecta a miles de familias venezolanas. Quienes se fueron del litoral ahora enfrentan el hacinamiento en casas de familiares, la pérdida de sus fuentes de ingreso —como el puesto de comida rápida de Yarmarilyn Liendo— y la incertidumbre de no saber si podrán regresar. Además, el trauma psicológico, especialmente en niños y en sobrevivientes de desastres anteriores como el deslave de 1999, complica cualquier plan de reconstrucción. Para los lectores de Noticias Venezuela, esta historia muestra el costo humano de una catástrofe natural en un país con recursos limitados para la atención de emergencias y la reubicación de damnificados. La decisión de volver o empezar de cero no es solo personal: involucra a comunidades enteras que hoy están divididas entre el miedo y el apego a su tierra.

Fuente: El Pitazo, «Huir de los terremotos: el dolor de migrar y la duda entre volver o empezar de cero», disponible en https://elpitazo.net/regiones/huir-de-los-terremotos-el-dolor-de-migrar-y-la-duda-entre-volver-o-empezar-de-cero/

Fuente

El Pitazo Publicacion original: 2026-07-25T00:00:00+00:00